Post-it

Hace un rato andaba buscando una factura en los AZeta del 2006 y, al sacarlo, se ha deslizado un post-it que, en su día, hubo de ser amarillo. Por lo visto estaba dentro del archivador y su pegamento tan gastado que la hojita se hallaba completamente suelta.

No he podido evitar leer lo que ponía porque, entre otras cosas, ha ido cayendo al suelo lentamente. Yo estaba subido en una escalerita para poder acceder a la parte superior de la estantería. Desde allí he extraído el archivador y lo he sacado de su tapa. Entonces el post-it ha comenzado a descender desde mi posición hasta el suelo, bailando en el aire y haciendo que no dejara de perseguirlo con la vista, mientras tenía mis manos completamente ocupadas.

En su camino hacia el suelo, he podido ver que había algo escrito en él, con letras rojas de rotulador y no me ha parecido en ningún momento que hiciera mención a algún dato técnico así que hasta me he puesto nervioso y me ha entrado ansiedad. Me he sentido, durante unos segundos, absurdo porque no sabía qué hacer con las manos. Si dejar el AZeta, si bajarme con él. Pero si lo dejo y bajo para coger el post-it, luego tendré que volver a subir a por el archivador. Al final, he optado por tirar las tapas al suelo, las cuales tengo que decir llegaron antes que el inquietante post-it y he bajado de dos en dos los peldaños de la escalera con el cuerpo del AZeta en la mano.

Qué momento el desentenderme del mamotreto de cartón y papel y agacharme a por el post-it. Al cogerlo por fin lo he podido leer. “Te quiero. Te quiero mucho. Eres el amor de mi vida”. Lo he leído de tirón y, aunque sé que no es para mí, me ha encantado. Hoy podría haber sido un whatsApp y hubiera quedado en privado. Es más, si lo hubiera leído se me acusaría de indiscreto y de metomentodo. Es lo bueno que tienen los post-it, que valen para lo bueno de los guasap y encima permanecen. Como éste, qué bonito, tanto que trasciende el tiempo y los personajes. Me da igual que no fuera para mí. Encontrarme esto en este día de perros, a esta hora tan estéril, que no es ni de desayuno ni de cañas, en este almacén tan frío. No, no me lo esperaba. Me he sentado en una caja y me lo he quedado mirando, intentando reconocer la letra, como si yo fuera ahora un forense, sin éxito. Es una nota sin género y sin tiempo porque estas palabras, así escritas, ya están dichas para siempre. En algún momento del 2006 nacieron y se fijaron en el papel.

-Oye Carmelo, ¿a quién teníamos en 2006 en Ventas Exteriores?

-Déjame pensar. Ah sí. Clara y Jose Ignacio. Se trasladaron a Niza a finales de ese mismo año. Fue cuando llegó Lola y ya no trajeron a nadie más. ¿Por qué lo preguntas?

-Nada. Me mandaron al almacén a buscar unas facturas de ese año y no recordaba quiénes estaban por aquí.

-Eran buena gente. -suspiró Carmelo. -Siempre tenían algo bueno que decir.

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