El piano viejecito

Querida Elena:

Todos mis años me pesan, tanto que en ocasiones me pregunto cómo puedo sostener mis teclas, cómo puedo resistir el empuje de los cientos de dedos que han estado golpeándolas durante todo este tiempo, transmitiendo ilusiones acompasadas con notas, con ritmos, con los sueños de grandes y pequeños.

Elena, soy un piano viejecito. Es cierto que voy sobre ruedas, pero mis huesos, que no son otra cosa que mis cuerdas, mis listones de madera y mi teclado blanco y negro, están ya muy cansados, están ya muy usados.

Soy un piano viejecito, Elena. Cuando tus dedos anoche acariciaron mi piel, me puse tan nervioso que mi corazón dejó de latir por unos momentos. Sentí que fallaba, que no podía seguir el ritmo de tus órdenes, que la emoción que tú me transmitías se quedaba tan dentro de mí que no lograba hacerla salir fuera para que todos, para que todas, pudieran compartirla.

Como pude, reuní todas mis fuerzas y, finalmente, logré lanzar al aire tus notas, todas esas notas que habías ensayado en tu corazón y que por fin fluían a través de mi teclado. Sé que fueron unos segundos pero, a pesar de mi avanzada edad, pude transmitirlas. Soy un piano viejecito al que Elena resucitó durante su actuación.

Quiero, Elena, además de pedirte disculpas por mis años de servicio, darte las gracias por hacer de mí un piano que siente. Quiero que sepas que aquellos primeros acordes que no supe cantar, se quedaron dentro de mi corazón para siempre. Que aquello que no pudiste dar a los demás, se ha quedado conmigo, haciéndome más grande, más bonito.

Y hay otra cosa más, Elena. Por las noches, cuando el telón se queda a solas conmigo y las luces se apagan, escucho a los duendes discutir sobre la función que terminó. Hoy, todos ellos, me pedían que liberara esas notas que me quedé para mí, aquellas que tocaste con tu alma y que siempre, siempre, siempre, sonarán en este escenario.

Gracias Elena, por hacer de este piano viejecito, un piano bonito.

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