El corsé

Bajo el emparrado, le pareció necesitar poco más que cerrar los ojos. Había terminado de regar minutos antes, sin ni siquiera pensar en lo que haría después. Sentarse allí, justo al borde del camino que perfilaba la casa, era justamente lo que hacía años atrás. Ahora ya no escuchaba los juegos de los niños en la piscina, pero reconoció la misma paz. Los olores no habían cambiado. Su corazón, tampoco. Con las piernas cruzadas, de nuevo morenas, abrió el libro que dejaba en el verano de no sé cuándo. Retomó aquellas tormentas que tanto anhelaba y que, ahora, veía por fin alejarse. Pensó en todos los momentos. Aguantó y se sostuvo con apenas dolores, a pesar de las caídas. Las luces se apagaron, el motor de la piscina calló. El fresco se enredó en el césped mojado, besando su frente. El libro en sus manos, vencidas. Había logrado descongelar su vida. Ese corsé helado se derretiría bajo el emparrado, noche tras noche.