Dedos

Se había despertado en mitad de la noche. Al contrario que otras veces, no lo hizo debido a una cena copiosa o a algo que le preocupara en exceso. Esa noche se había ido a la cama tranquila, sin más cosas en la cabeza que afrontar el día siguiente con buena cara.

En cuanto tomó consciencia de sí misma, se dio cuenta de que sudaba y que, sin embargo, estaba helada. La ventana estaba cerrada y la última semana de abril había sido calurosa así que no entendía por qué motivo podía ver el vaho de su respiración a través de la penumbra de la habitación.

Los niños comenzaron a llorar. Su llanto la hizo incorporarse. El corazón le latía muy deprisa. Hacía un frío intenso y apenas podía moverse. Los escuchaba llamarla -Mamá, ven, Mamá, ven. -Cuando puso los pies en el suelo, sintió una mano sobre su hombro que la hizo estremecer. Pudo percibir perfectamente sus dedos clavándose en su piel, sujetándola, impidiendo que pudiera levantarse, mientras escuchaba cada vez a una mayor distancia a los niños llorar. Intentó zafarse de los dedos que la oprimían pero no estaban. Los sentía empujándola hacia atrás y no podía tocarlos. Todo su cuerpo sudaba y a la vez estaba helado.

Volvió a despertarse, empapada. Esta vez era real. Encendió la luz de la mesita y se levantó. Los niños dormían, cada uno en su habitación. Podía ver sus caritas emergiendo de sus colchas gracias a la luz de sueño que les colocaba en el enchufe por las noches. Se quedó un rato observando a cada uno, cayendo en la cuenta de cuánto habían crecido y recordando cuando eran más pequeños. Después, bajó a la cocina. Necesitaba tomar algo.

El ruido del microondas cesó. Mientras calentaba agua, eligió la infusión. Se prepararía un poleo. Al menos en eso estaba pensando cuando el zumbido del horno dio paso a los llantos. Era el niño. Subió las escaleras resignada, dispuesta a estar con él unos minutos hasta que quedase dormido. De camino iba diciéndole que Mamá ya estaba, que Mamá ya estaba.

Lo encontró de pie en el pasillo, a oscuras. Estaba descalzo, aterrorizado, señalando la habitación de su hermana. Apenas podía hablar. Tenía terrores nocturnos, algo que les sucede a los niños pequeños, un estado de semiinsconciencia que los perturba. Necesitaba tranquilidad. Lo abrazó y ya estaba dispuesta a llevarlo a la cama cuando miró dentro de la habitación de la niña. Su cama estaba vacía, sus zapatillas a los pies de la misma. Escuchó al niño con la respiración entrecortada. Dijo: -Se ha ido con él Mamá.

La niña apareció a las siete horas. Sedada, su madre acogió la noticia en el hospital. -La niña está perfectamente. Ni siquiera recuerda haber estado ausente. Podrá verla enseguida. -Le dijo Martínez, la sargento de policía que se hizo cargo del asunto minutos más tarde de que avisaran al cero sesenta y uno.

Cinco minutos había tardado Mamá en llamarlos, tras recorrer toda las habitaciones buscando a la niña. La policía constató que no se hallaba en la casa y una ambulancia trasladó a la madre y al niño al hospital, víctimas de una crisis aguda. En la casa permanecieron dos agentes, una vez que la sección científica terminó la recogida de muestras y la inspección de cerraduras, puertas y ventanas. Siete horas después, a las diez de la mañana, la niña llamaba desde la cama a su madre, para asombro de los dos policías. Preguntaba por Mamá y tenía hambre. Quería desayunar.

Los niños y su madre han vuelto a casa. Ahora duermen juntos y cuando Mamá despierta en mitad de la noche, puede ver sus caritas muy cerca de ella, gracias a la lámpara de sueño que tiene enchufada en la pared del cabecero. Cuando vuelve a sentir esos dedos en su hombro, se mantiene despierta hasta que éstos alivian su presión. Los ha visto peinar a su hija y acariciar la mejilla del niño aunque les ha hecho comprender que no se los llevarán sin ella.