Con distintas

El silencio que me acompaña en estos precisos instantes es tal que puede escucharse a la electricidad recorrer los cincuenta centímetros de longitud con los que cuenta el cable que conecta la fuente de alimentación con el móvil. Se me antojan unos electrones estresados, recorriendo frenéticamente un circuito cerrado y sinuoso del que no podrán escapar hasta mañana, con el sonido de la alarma. En ese momento, extraeré el cargador del enchufe y quedarán de nuevo inertes. Guardarán reposo, después de una noche de constante movimiento en la que no han dejado de correr sin otro fin que atravesar componentes fabricados a miles de kilómetros de distancia para calentarlos y mantenerlos ojo avizor hasta la hora en que tenga que levantarme de esta cama ¡Qué perra es la vida! Uno durmiendo y millones de electrones agitados por una fuerza que no pueden controlar y que les conduce a pasar una y otra vez por el mismo sitio. En cierta forma se parecen a nosotros. Solemos movernos siempre por los mismos sitios, beber en los mismos bares, escribir con las mismas palabras, mirar con los mismos ojos, sentir con el mismo cuerpo, tocar con las mismas manos, leer con el mismo sueño, soñando con el mismo cerebro. Pasar por las mismas cosas una y otra vez sin aprender a evitarlas, respirar con los mismos pulmones, reír con las mismas bromas. Qué bien que al menos, cuando lloramos, lo hacemos con distintas lágrimas, de tal manera que las últimas nos parecen las más sentidas. En eso no somos como los electrones, aunque en el resto nos parezcamos en algo.