Carretera y …

Era bastante pequeño, aunque me daba para asomar la cabeza por la ventana del 124 y atinar a ver a Papá darle 500 pesetas al gasolinero (podían ser 1000 pero no estoy seguro), que guardaba en aquella futura riñonera de cuero marrón, desgastada y repleta de billetes de Rosalía, de Manuel y de Echegaray, José. Aquello era el preludio del viaje, más aún cuando la gasolinera estaba justo en el límite de la ciudad, porque antes las ciudades se acababan y no había polígonos ni bricoramas. Desde aquella ventana, recuerdo ser testigo del apretón de manos que cerraba felizmente la transacción económica, una vez puestas a buen recaudo las pesetas y la gasolina. Justo después, el sonido de las llaves, el motor alegre, repleto de líquido y por fin el clic inolvidable que liberaba la palanca del freno de mano. Primera, segunda, carretera y manta.